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  • Estábamos tirando. La estaba cogiendo en una de las posiciones que a ambos más nos excitan: yo encima de ella, que tenía muy abiertas las piernas y le metía y le sacaba el güebo a distintas velocidades. “Así mami. ¿Te gusta así despacito? ¿O prefieres que te dé así, más rápido?” En esa posición ambos nos decimos al oído las cosas que sabemos que nos estimulan.

    Yo le había mamado su depiladita cuca, que beso profundamente cada vez que me la como. Nos habíamos tocado. Nos habíamos hecho unas pajas ricas. A mi mujer le fascina hacerse la paja y casi siempre se la hace antes de que yo la coja, cosa que me encanta porque la cuca, que está siempre mojadita, se le enchumba y el güebo le entra delicioso.

    ¿Cómo empezó esa riquísima tirada?

    Ana, que se así se llama mi esposa, mi hembra, salió del baño. Maquillada, boca pintada de rojo, uñas rojas, desnuda y en sandalias. Ella se muestra entera. Desde la corona de su pelo hasta sus pies en flor. Camina de un lado hacia el otro. Se voltea. Me regala la suculencia de su cuerpo. Mueve el culo. Se voltea. Le veo la cuca perfectamente enmarcada por sus redondas y suaves nalgas, que amaso con lujuria. Me mira con esa mirada de mujer ansiosa de sexo. Con su mejor cara de puta se para frente a mí, que estoy en la cama lleno de morbo, pone uno de sus pies sobre la cama y comienza a tocarse la cuca, en busca de su generoso clítoris. Desde mi posición veo el interminable cuerpo de Ana, al que enriquecen sus preciosas tetas, las curvas de su talle y la rampa de su vientre. El dedo medio de su mano derecha encuentra la boca de su cuca y allí comienza a metérselo, rítmicamente, en perfecta armonía con el balanceo de sus piernas, la profundidad de su mirada y la pregunta que me hace con voz de retadora invitación: “¿a quién te vas a tirar tú?” Quien me habla no es su garganta. Me siento en la cama y le paso la lengua por la cuca. Le mamo el dedo y de él bebo también sus licores más íntimos.

    “A mi hembra”, le digo. Se me monta encima y me besa con unos besos siempre nuevos, cada vez más imantados. “Besos para tirar”, como ambos los llamamos. “Como esos besos”, le digo, “con los que vas a besar al tipo que te quieras tirar, a tu otro macho”.

    Se acuesta, se hace una paja mientras le hablo y le digo lo rico que sería que ella tuviera un amante, “su otro macho”, un novio hermoso, alto, varonil y velludo. Yo le pregunto si le gustaría tirar con un tipo así, que tenga un güebo bello y duro. Ella cierra los ojos, me dice que sí y comenzamos a describir lo que ellos dos se harían. Le digo que la imagino al llegar a la casa de su otro macho. Vestida con una faldita corta, sin pantaletas, con una franelita descotada, sin sostén, y en sandalias. Ella se le abalanza y comienzan a darse “besos para tirar”. Él está en bóxers. Se tocan, se soban. Se “cogen” con las manos y la boca. Él le mete la mano por la falda y le acaricia las nalgas. Desliza sus manos y se encuentra con la boca de su cuca, que se derrite. Le mete un dedo mientras que la otra mano se escurre hacia las tetas. Y le dice cosas. “Mamita, que rico que viniste, me iba a reventar si no llegabas. Tenía una ganas inmensas de cogerte. Estás divina. Qué rica eres. Tengo horas recordando lo que siento cuando te lo meto. El güebo me iba a estallar.”

    “Qué rico, papi. Yo también me muero por sentirte. Porque me lo metas. Me encantas. Coño, qué bello eres. Ven, déjame mamártelo un poquito, déjame bañarlo con mi saliva.” Y Ana le baja el bóxer. Se desvela un güebo precioso, duro, que Ana busca con sus ansiosas manos. Se agacha frente a él y comienza a deslizar su lengua por la cabeza ansiosa del arma de placer que ella maniobra con destreza. Y le dice: “en redonditos, papi, como le gusta a mi marido”. Su lengua recorre en círculos el mascarón de esa verga que ella prepara a su sazón para metérsela en la cuca. Así recorre milímetro a milímetro los pliegues y las venas de la máxima virilidad de su amante. Arriba. Encima. Por los lados. Por debajo. Se lo mete en la boca y se lo coge. Se lo saca y se desliza hasta las bolas, que cubre de saliva con el pincel de su lengua.

    Roberto, que así se llama el otro macho de mi esposa, la levanta, la recuesta contra la pared del pasillo de entrada de su casa, le sube una pierna y mientras la ve profundo a los ojos emboca su verga contra la derretida cuca de mi mujer. De un solo envión allí se va. Hasta adentro. Ana no puede más de placer. “Coño papi, qué ricura, cómo me gusta tu güebo. Mételo papi. Mételo todo, bien adentro”.

    “Ahí lo tienes, mamita. Qué rico, coño”, le dice Roberto mientras se comen las lenguas, que también están tirando. Roberto embiste y embiste con ardor. Mi mujer respira agitada. Siente cómo se le viene formando el orgasmo que comenzó a construir en su mente, cuando tres horas antes sabía que vendría a visitar a Roberto. En esas tres horas, esas largas tres horas, Ana tuvo todo tipo de sensaciones y todo tipo de olvidos. Su mente estaba bloqueada, dedicada en exclusividad a pensar en Roberto y en ese “beso para tirar” que le iba a dar apenas lo viera más tarde en su casa.

    A punto de explotar en un orgasmo en catarata, exclamaba Ana jadeante: “cógeme papi, cógeme, dame tu leche, lléname de esa leche rica. Anda papito rico, cógeme, dame leche”. Roberto acelera el ritmo de su balanceo. Esa voz de sexo que le pide más sexo lo lleva a la cúspide. Cada entrada y cada salida del güebo de Roberto en su cuca es una estocada en la gustosa locura de mi mujer. Se maman las lenguas. Ambos se transfiguran en sus almíbares y acaban con estremecimientos de placer. Un polvo denso y prolongado que aplaca momentáneamente las urgencias sexuales del uno por el otro.

    Desmayados de gusto se besan las bocas hasta separarse. Roberto la toma de la mano y se la lleva al cuarto. La desnuda y la acuesta en la cama. Se besan de nuevo y se confiesan sus placeres. “Qué rico me cogiste, papi”, le susurra Ana al oído. “Es que tú tiras riquísimo” le contesta su otro macho. Se adormitan abrazados. Al rato Ana se despierta por las caricias de Roberto, que le está mamando la cuca. “Qué rico”, dice, y le abre las piernas.

    Se hicieron de todo. Se comieron, se mamaron, se tocaron, se cogieron. Unas veces ella, otras veces él. Ella lo cabalgó. Él se le montó encima y ella le decía “redondito, papi, mira estos redonditos que le encantan a mi marido” mientras movía las caderas en círculos, lo que le provocaba deliciosas sensaciones a Roberto, que tenía entonces electrizado el güebo y encantada la imaginación. “Anda papito, cógeme, dame más leche. Mira que ya me voy y se la quiero llevar a mi marido en la cuca. Al llegar a la casa me va a coger, me lo va a meter de inmediato y su leche se va a mezclar con la tuya”. Ana le dice eso porque al igual que a mí, a Roberto le fascina que Ana le cuente las cosas que hace con su otro macho.

    Al calor de esta historia seguimos tirando. Yo arriba y ella haciéndome sus “redonditos”. En ese momento le pedí que hiciera realidad esta fantasía de complicidad que nos estimula. Que en verdad se consiga un amante. Que se lo tire la primera vez y no me diga nada. Que se lo tire la segunda vez y no me diga nada. Pero que cuando se lo tire por tercera vez me lo cuente todo, con todo detalle. Pero que lo haga mientras yo la estoy cogiendo como la estoy cogiendo en este momento. Ella con sandalias, con las piernas muy abiertas. Que me diga algo así: “Mira papi, ya nuestras fantasías no son sólo fantasías. Conocí el otro día a un tipo en el auto mercado. Lo he visto tres veces y hoy estuve toda la tarde en su casa. Está rico y tiene un güebo precioso que me dio una cosita que te traje. ¿La sientes?”

    Esta historia la hace acabar, su paja es prolongada y espesa. Al terminar se incorpora, se voltea y me mama el güebo. Con sus redonditos. Se monta encima de mi, se clava y entonces me cuenta cómo le fue con su otro macho. Qué se hicieron. Cómo se amaron. “Te voy a sacar la leche, coño de tu madre, te la voy a sacar. Te la voy a sacar como se la saqué esta tarde a mi otro macho” Y, en efecto, me la saca. Me exprime el güebo y siento que la leche comienza a salirme de la médula. Exploto en ella y ella explota en mi.

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