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  • -- ¿Las llevas puestas?

    Fueron sólo tres palabras al teléfono, pero fueron suficientes para conseguir que mi bajo vientre se endureciera y un escalofrío recorriera mi cuello, como si acabases de besármelo.

    Estaba en la oficina, me acabas de llamar al teléfono fijo de la empresa, no al móvil, y la sorpresa de tu pregunta me mareó tanto como la urgencia que detectaba en tu voz.

    -- No --te respondí, ahogando la negativa.-- ¿cómo llamas aquí?

    -- Niña mala. Te estás buscando un castigo.

    Sabías que me excitaba absolutamente cuando me tratabas como una bebé. Me descolabas. Miraba a mi alrededor. A los demás que trabajaban en sus mesas, que no sospechaban la naturaleza de la llamada que tenía en línea en ese momento.

    Yo era Anita, siempre formal y seria. Tan de mi casa y de mi trabajo, con mis treinta y pocos volcada en el trabajo de sacar adelante la constructora familiar, hacía poco heredada, mientras mi hermana se dedicaba a su casa y sus niños, y confiaba en su sesuda hermanita pequeña para solucionarlo todo.

    Y los que me rodeaban, a pesar de supuestamente trabajar para mí, no dejaban de verme como aquella niña que iba a visitar a su papá al despacho y le sacaba caramelos de esos grandes en forma de bastón y a rayas rojiblancas.

    Ni en sueños se hubieran imaginado el vuelco que había dado mi vida en los últimos meses, desde que te había conocido.

    Yo creía haber tenido vida antes. Creía haber conocido el sexo,...pero hasta que tú llegaste a tomar posesión de mí, a colonizarme y plantar tu bandera en mi pubis, ...no había sido mujer, en realidad.

    -- Ana...(tú siempre te empeñabas en llamarme Ana...los demás me llamaban Anita, pero tú decías que no te acostabas con crías con nombre de crías....y me llamabas Ana )

    -- Ana ...¿no te había dicho que llegaba esta noche?

    Sí. Todo estaba preparado, esperándote. Las sábanas de raso, horrorosas por lo que resbalaban, pero que a ti te encantaban, las velas, la luz tamizada que tanto te gustaba. El vino , en la nevera enfriando, las copas del cristal que tú elegiste, en la encimera, hasta había dejado los discos sobre el equipo de música...esperándote.

    --Sí . Me lo dijiste.

    --¿Y no te había dicho lo que quería que hicieras, el día que yo llegase?

    --Sí, pero....Es que , no pensé que hablaras en serio --no sabía cómo salir del tema, no podía zafarme de tu voz, nunca había podido. Y tu tono era urgente, interrogatorio.

    -- ¡Uf! -- noté el disgusto al otro lado del hilo, y se me hizo un nudo en la garganta - No sé, Ana...si no vas a hacer lo que te pido...A lo mejor no debería ir esta noche...

    -- ¡No! -- se me escapó la negativa en tono demasiado alto, y un par de las viejas cacatúas que había heredado de mi padre me miraron con ademán curioso .

    -- ¡No! -- repetí, pero un poco más calmada -- Eso no lo digas ni en broma. ¿Vendrás, verdad? Dime que vendrás.

    --Si quieres que vaya, vas a tener que ser una niña buena. ¿Harás lo que yo te diga....?

    --Sí, sí...si sabes que siempre lo hago.

    --No es cierto, Ana....no mientas. Si vuelves a mentirme, tendré que castigarte.

    Sólo oirte mencionarlo, me traia recuerdos de otros ratos compartidos, de escenas que a momentos ni me atrevía a confesarme a mí misma que yo había protagonizado. Pero, sólo mencionar el castigo...y notaba cómo mi tanga minúsculo se empapaba tanto que se me introducía entre los labios, y me hacía daño....sobre todo porque la afluencia de sangre a la zona ya había aumentado su tamaño y notaba, claramente, cómo mi clítoris salía de su habitáculo oscuro para buscar, en vano consuelo en una presencia ausente, que era la tuya.

    Me apetecía tocarme, pero no quería hacerlo. Me parecía una traición acariciarme cuando tú no estabas. Cuando tú ibas a llegar en breve, y tomarías posesión de mí. No quería mancillar mi femineidad con otros dedos que no fueran los tuyos. Te deseaba, en ese momento...te deseaba. ¡Dios! cómo te deseaba....

    pero tú tenías tu propio guión y yo debía seguirlo si quería que me premiaras con esa sucesión de orgasmos con que me hacías enloquecer cada vez.

    --Ana, ¿las llevas encima?

    --No --respondí, pero demasiado rápido. No más decirlo,supe que me había equivocado. Eras demasiado buen psicólogo como para no detectar una mentira tan poco hábil.

    --Jajaja...--tu risa auténtica y profunda envió arcadas de placer desde la base de mi espalda a mi nuca, un tanto rígida ya en este momento.

    --Mentirosa....esto se merecerá otro castigo, al menos. ¿Así que las llevas encima?

    --Sí --confesé, desnuda ya de toda barrera. Ante ti no cabía sino desnudarme y abrirme toda, como cuando tú abrías mis piernas con gesto decidido y te introducías, como el dueño y señor que eras de mi deseo y de mi cuerpo.

    --Pues las coges, te vas al baño y te las pones. No cortes la llamada. Quiero que sepas que estoy aquí. Esperando. Ve y hazlo.

    ¡¡ Ahora !!

    Esta última orden la ladraste, casi, en ese tono que me ponía tan nerviosa y que me hacía desear hacer lo que me ordenases, cualquier cosa, con tal de volver a escucharte contento, con tu risa gutural naciendo de tu garganta.

    Así que abrí mi bolso y saqué la cajita con las bolas chinas que me habías pedido que me pusiera.

    Me habías dicho que querías que las llevase todo el día previo a tu llegada, para que pensara en ti todo el tiempo en que notara su fricción, su peso dentro de mi vagina , que se dilataba sólo con pensar en tu nombre, en tu olor, en tu pelo entre mi triángulo depilado, haciendo contraste mientras me lamías con fruición y acierto.

    Nunca había usado alguna, pero tú me habías explicado exactamente cómo introducírmelas.

    No dejaba de sorprenderme todo lo que sabías de anatomía femenina. Me habías enseñado tanto, me habías iluminado en tantos aspectos oscuros, cómo no dejarte que fueras mi maestro en tantas cosas...

    Me fui al baño, dejando el teléfono sobre la mesa, mirando amenazadora a la secretaría sentada en la mesa de al lado, para evitar cualquier pregunta.

    Allí me las introduje, rápidamente, intentando casi ni tocarme, porque no eras tú , y no quería desperdiciar la humedad que ya me inundaba si no era para bañarte en ella a ti.

    Regresé hasta la mesa, notando la presencia extraña al andar, sintiendo las vibraciones que provocaban, y, sabiendo, que era lo que tú esperabas.

    -- ¿Sigues ahí ? --te pregunté al teléfono.

    -- Claro, niña. --respondiste. Y escuché el sonido de los hielos al chocar unos contra otros dentro de tu vaso, relleno de martini, suponía. Estabas bebiendo por mí, lo sabía.

    --¿Ya has sido buena? -- me preguntaste ahogando una risa.

    --Sí. Ya está --yo tenía que mirar mucho mis respuestas, tenía al menos cinco pares de orejas atentas a la conversación, y yo estaba segura de que la excitación se dejaba ver en mi cara. Sentía ardir mis pómulos,brillar mis ojos, y apostaba a que mis pupilas estaban tan dilatas como la entraba al centro de mi placer, allí donde las bolas chinas habían dejado de golpearse entre ellas, y reposaban, quietecitas....

    --Pues ahora, en castigo a no haberme obedecido desde la mañana, vas a hacer algo por mí.

    --¿Qué? -- no podía discutirte,apenas podía responder sino con monosílabos, y tú lo sabías. De hecho, aunque hubiese estado sola en el local, no creía que mi garganta me hubiese obedecido. El deseo mantenía tirante mi gaznate, y yo notaba la boca tan seca, tan seca, en comparación con la parte inferior de mi cuerpo....

    -- ¿Llevas tanga, no? Dime cuál.

    -- El malva. --me lo habías regalado tú, suponía que lo recordarías y yo no podía dar demasiados detalles en aquel momento.

    -- El malva, mmmm...sí...recuerdo. ¿No te lo quité con los dientes la última vez, en el parador de Burgos ?

    --Sí, ése -- y el recuerdo de aquella noche de sexo salvaje me ruborizó hasta la punta de las uñas de los pies.

    -- Pues quítatelo. Pero ahí. No vayas al baño, quiero que te lo quites ahí mismo y lo metas en el bolso, en la caja de las bolas chinas, y que me lo des esta noche, cuando llegue, como regalo.

    --¿Aquí ? --repetí como una autómata -- Aquí no puedo. Ahora no..... --intenté protestar.

    -- O lo haces, o no salgo de viaje, Anita

    Me llamabas Anita para enfadarme, para indicarme que te estaba decepcionando, que no me comportaba como la mujer que tú esperabas....¡Dios ! a veces te odiaba, me conocías tan bien...Y odiaba esos veinte años que nos separaban y que tú no dejabas de utilizar a tu favor. Lo sabía, notaba en ocasiones claramente tu manipulación...pero...era oirte y mi sexo sólo quería tu sexo, tu boca, tu atención...tu presencia. Y faltaba tan poco para que llegaras. Si te enfada, si te contrariaba....podrías no venir, y eso nunca...no si yo podría evitarlo.

    -- De acuerdo. Ahora voy. En cuanto pueda.

    -- Voy a colgar. Te llamo en tres minutos de reloj. Si cuando suene el teléfono no lo has hecho,no te molestes en descolgar, no querré hablar contigo.

    Click. Había colgado.

    Tenía poco tiempo.

    Vi venir, desde el fondo de la sala, a través de la cristalera de acceso, a mi contable.

    Traía unos papeles en la mano, y seguro que quería revisarlos conmigo. Si llegaba a mi mesa, estaba perdida, no me daría tiempo, y él se enfadaría.

    En un momento, casi sin guardar ninguna precaución,me subí la falda atablillada hasta dejar a la vista mis muslos blancos y suaves, y me arranqué con urgencia el tanga, lamentando que no tuviera lazos para haberlo hecho más fácil.

    Lo dejé en el suelo, caido, mientras notaba el balanceo de las bolas en mi interior, y sólo por escasos segundos llegué a tiempo de bajarme la falda y cubrirme el pubis de nena antes de que estuviese a la vista de mi empleado.

    Cuando él se dirigió a mí, durante un rato barajé la posibilidad de qué hubiera pasado si me hubiera sorprendido con la falda arremangada. ¿Qué hubiera pensado? ¿Cómo hubiera reaccionado este aburrido padre de familia de mediana edad?

    El morbo de la situación me invadió como una oleada y casi tuve un orgasmo de esos suaves, como los que provoca la ducha a media temperatura y poco gas.

    Mientras cogía la documentación que me entregaba, tuve reflejos para dejar caer, sobre el tanga que estaba bajo mi mesa, pero no lo bastante escondido, una carpeta.

    Mi contable intentó agacharse amablemente a recogerla, pero yo fui más ágil, y levanté, de un suspiro, a la vez el portafolios y la prenda, oculta en su parte posterior.

    Pasarla de ahí a mi bolso, fue sólo un juego rápido de manos.

    Justo acaba de hacerlo, cuando sonó el teléfono.

    Corrí a responderle.

    -- Estoy ocupada -- le dije, casi como disculpa, casi como desafío.

    -- Bien, doña Ana....la ocupada. ¿Has hecho lo que tenías que hacer?

    --Sí.

    --Bien. Piensa en mí todo el día. Piensa que yo te voy a sacar esas bolas esta noche, y lo que haré para llegar a ellas.

    Ahora salgo hacia el coche. Nos vemos, Anita querida. Mi niña buena.

    --Buen viaje --farfullé, sin poder controlar ya la visión de las imágenes anunciadas que me invadía.

    Hice un cáculo mental mientras colgaba el teléfono....Diez horas. Faltaban diez horas para verle....¿Cuánto deseo contenido cabe en diez horas ?

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